Dejad de hacer ‘luz de gas’ a vuestros retoños (Sam Milam)

(N. de la T.: La expresión ‘luz de gas’ proviene de la la obra de teatro de P. Hamilton con el mismo nombre, fue popularizada mediante la película de G. Cuckor, y hace referencia a técnicas de manipulación psicológica que tienen por objeto hacer dudar a alguien de su propia percepción de la realidad.)

Aviso de contenido: manipulación psicológica infantil, consecuencias emocionales en la infancia.

Artículo original por Sam Milam aquí.

 


stop gaslighting your kids
[Descripción de la imagen: un retoño mira a cámara con expresión seria, desde los brazos de una persona adulta.]

Vivimos en una cultura que se jacta de ser dura. Un bombardeo constante de “te aguantas” y “la vida es así” empapan la infancia de demasiada gente.

Cuando un retoño se cae, se le dice: “¡Límpiate! ¡No pasa nada!”. Cuando una criatura llora en una tienda por un caramelo que no le dan, mucha gente dice: “O dejas de llorar, o te daré yo una razón para hacerlo”. Cuando un retoño gime porque su hermana tiene un regalo mayor que el suyo, seguramente le dirán: “Te aguantas, la vida es así”.

¿Qué tienen todos estos ejemplos en común? Un familiar está intentando evitar que su retoño tenga una rabieta. Están tratando de inocularles la idea de que la vida es dura, y que por tanto han de adquirir las habilidades necesarias para manejar esas dificultades. En ocasiones, las personas adultas reaccionan desde su propio miedo: el miedo a que su retoño crezca siendo soberbio o maleducado. Pero, ¿y si lo que estamos haciendo es estropear seriamente su infancia?

Cuando le decimos a nuestro retoño que no pasa nada, o que deje de llorar, o que la vida es así, estamos pasando por encima de lo que sienten, de lo que experimentan. Imagina que le dices a alguien: “Estoy muy triste, ya que mi gato ha muerto”. Y te responde: “Bah, no pasa nada. Puedes comprarte uno nuevo. No es el fin del mundo”. Pues no sentirías que se están validando tus sentimientos. En esta situación, la otra persona está más pendiente de ‘quitarle hierro’ a lo que te ocurre, que de mostrar comprensión y empatía. Al ‘quitarle hierro’, se deslegitiman tus emociones en ese momento.

Vamos a contemplar otra situación posible, pero reemplazando a la persona adulta por un retoño. El retoño se cae y empieza a llorar. “Venga, no ha pasado nada.” A esto se le llama hacer ‘luz de gas’.

Hacer ‘luz de gas’ es tratar de convencer a alguien de que su experiencia no es real. Cuando tratamos de forzar a las criaturas para que sigan comiendo cuando te dicen que no quieren más, o de convencerles de que algo no les duele cuando sí les duele, o decirles que aquello por lo que lloran no merece la pena, lo que estamos haciendo es trasmitirles que sus experiencias no son reales. Cuando hacemos ‘luz de gas’ a nuestros retoños, comienzan a cuestionarse su propio juicio. Dejan de escuchar su propia intuición. Pierden la sensación de seguridad y confianza en sí mismos.

Algunas personas dicen que lloro sin motivo, que mi cerebro está confundido acerca de lo que debería sentir. Debe de haber algo que está mal en mí. Señal de ansiedad, frustración, y autoimagen deteriorada.


Puede parecer contraproducente dejar a un retoño sollozar en tu hombro por un momento aparentemente sin importancia. Pero al dar la libertad para expresar emociones tan humanas, les damos la oportunidad de poner en práctica una vida mentalmente sana.


La gente llora por algo. Una de las razones por las que lo hace es para liberar el exceso de estrés durante un momento intenso. Una caída, un juguete roto, el color equivocado de una taza, el deseo de algo que no se puede tener… Todos ellos son acontecimientos intensos para un retoño. Cuando les sermoneamos con la idea de que son egoístas, maleducados, demandantes, quejicas, desagradecidos o dramáticos, únicamente les estamos empujando hacia el sentimiento de que algo está mal en ellos.

El cerebro de un retoño de poca edad no está lo suficientemente desarrollado como para pensar más allá de sí mismo. No puede aprehender la relación entre el hambre en el mundo y el desperdicio de la comida que le has preparado. No puede establecer una relación entre ideas abstractas, entre ideas que no puede ver y experimentar por sí mismo.

“Entonces, ¿cuál es la alternativa a decirle a nuestras criaturas que ‘no pasa nada’? Yo trato de enseñarles a ser duras y a dejar de llorar porque la vida es dura y tienen que ser capaces de lidiar con ello”, podría decirme alguien.

Podemos enseñar a nuestros retoños resiliencia, empatía y compasión a base de modelar estos comportamientos con ellos. Y, lo más importante, dejar de hacerles ‘luz de gas’. Dejar de decirles que alegren esas caras. Dejar de decirles que están reaccionando exageradamente, que están siendo demasiado sensibles, o que están llorando sin motivo. Puede que no tengamos intención de herirles, pero el impacto es lo que importa en estas situaciones.

Podemos dejar de hacer ‘luz de gas’ a nuestros retoños cambiando nuestra perspectiva.

En lugar de bloquear las emociones, podemos tratar de aproximarnos y tratar de entender lo que están experimentando. Empatizar con ellos a menudo.

Podemos empatizar diciendo: “Entiendo cómo te sientes. Yo me sentiría igual, si estuviera en tu situación.” Validar la experiencia de alguien es una poderosa muestra de compasión y comprensión. Puede parecer contraproducente dejar a un retoño sollozar  en tu hombro en un momento aparentemente sin importancia. Pero al darles la libertad para expresar emociones tan humanas, les damos la oportunidad de practicar una vida mentalmente sana.

Este artículo sienta las bases para criar retoños increíblemente resilientes y emocionalmente sanos.

Los efectos de nuestro acompañamiento adulto tienen el potencial de ser pasados de generación a generación. Un estudio muestra que el ambiente impacta la composición genética de hasta catorce generaciones en un parásito. Estudios como ese son mucho más difíciles de realizar con seres humanos, debido a nuestra longevidad, pero muchas personas creen (y algunos estudios así lo muestran) que nuestro ADN acumula algunas de nuestras experiencias ambientales.

Las decisiones que tomamos en un momento dado impactan en nuestros retoños de manera definitiva, pero podrían impactar a su propia descendencia e incluso más allá. Cuando dejemos de hacer ‘luz de gas’ y empecemos a validar las experiencias de las personas más vulnerables de nuestra sociedad, el resultado será la ruptura de un ciclo de abusos y la posible existencia de futuras generaciones más felices y sanas.

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