La pereza no existe, pero las barreras invisibles sí (E. Price)

Original: Laziness does not exist but unseen barriers do

Por E. Price en: https://medium.com/@dr_eprice/


Doy clases de psicología en la universidad desde 2012. En los últimos seis años, he visto a estudiantes de todas las edades postergar artículos, faltar el día de la presentación, no hacer las tareas y dejar que las fechas de vencimiento pasen volando. He visto prometedores estudiantes de posgrado no echar las becas a tiempo; he visto a personas candidatas a tener un doctorado tirarse meses o años revisando un borrador; una vez tuve un estudiante que se inscribió en la misma clase dos semestres seguidos, y nunca entregó nada.
No creo que la pereza haya sido alguna vez la culpa.

Nunca.

De hecho, no creo que exista la pereza.

Me dedico a la psicología social, por lo que me interesan principalmente los factores situacionales y contextuales que impulsan el comportamiento humano. Cuando se busca predecir o explicar las acciones de una persona, observar las normas sociales y el contexto de la persona, por lo general da bastante información. Las restricciones situacionales generalmente predicen el comportamiento mucho mejor que la personalidad, la inteligencia u otros rasgos a nivel individual.

Cuando veo que el alumnado no completa las tareas, supera las fechas límite o no es eficaz en otros aspectos de la vida, me empiezo a preguntar: ¿cuáles son los factores situacionales que les detienen? ¿Qué necesidades no se están cumpliendo actualmente? Y, cuando se trata de “pereza” conductual, me pregunto especialmente: ¿cuáles son las barreras para la acción que no puedo ver?

Siempre hay barreras. Reconocer la existencia de esas barreras y verlas como “legítimas” es a menudo el primer paso para romper los patrones de comportamiento “perezosos”.

Es realmente útil responder al “comportamiento ineficaz” de una persona con curiosidad en lugar de juzgar. Lo aprendí de una amiga mía, la escritora y activista Kimberly Longhofer (que publica bajo Mik Everett). A Kim le apasiona la aceptación y el alojamiento de las personas discapacitadas y personas sin hogar. Sus escritos sobre ambos temas son algunos de los trabajos más esclarecedores y pioneros que he conocido. Parte de eso se debe a que Kim es brillante, pero también porque en varios momentos de su vida, Kim ha estado discapacitada y sin hogar.

Kim es la persona que me enseñó que juzgar a una persona sin hogar por querer comprar alcohol o cigarrillos es una completa desfachatez. Cuando no tienes hogar, las noches son frías, el mundo no es amistoso, y todo es dolorosamente incómodo. Ya sea que esté durmiendo debajo de un puente, en una tienda de campaña o en un refugio, es difícil descansar en paz. Es probable que se tenga lesiones o afecciones crónicas que molesten de manera persistente, y poco acceso a atención médica para tratarlo. Probablemente no tengas mucha comida sana.

En ese contexto crónicamente incómodo y sobreestimulante, necesitar una bebida o algunos cigarrillos tiene mucho sentido. Como Kim me explicó, si te recuestas en el frío glacial, beber un poco de alcohol puede ser la única forma de calentarte y dormir. Si tienes desnutrición, algunos cigarrillos pueden ser lo único que mate los dolores del hambre. Y si estás lidiando con todo esto y al mismo tiempo luchando contra una adicción, entonces sí, a veces solo necesitas usar lo que sea para hacer desaparecer los síntomas de abstinencia, para poder sobrevivir.

Pocas personas que no se han quedado sin hogar piensan de esta manera. Quieren moralizar las decisiones de la gente pobre, tal vez para consolarse acerca de las injusticias del mundo. Para la mayoría, es más fácil pensar que las personas sin hogar son, en parte, responsables de su sufrimiento, desconociendo todos los factores situacionales.

Y cuando no se comprende completamente el contexto de una persona, que siente todos los días, todas las pequeñas molestias y traumas importantes que definen su vida, es fácil imponer expectativas abstractas y rígidas sobre el comportamiento de una persona. “Todas las personas sin hogar deben dejar la bebida y ponerse a trabajar”. No importa que la mayoría de estas personas tengan problemas de salud mental y dolencias físicas, y estén luchando constantemente para ser reconocidas como personas humanas. No importa que no puedan disfrutar de una buena noche de descanso o de una comida nutritiva durante semanas o meses. No importa que incluso en mi vida cómoda y fácil, no pueda pasar ningún día sin anhelar la bebida o hacer una compra irresponsable. Da igual, siempre tienen que hacer las cosas mejor.

Lo están haciendo lo mejor que pueden. Conocí a personas sin hogar que trabajaban a tiempo completo y que se dedicaban al cuidado de otras personas en sus comunidades. Muchas personas sin hogar tienen que navegar en burocracias constantemente, interactuando con trabajadores sociales, oficiales de policía, personal de refugio, personal de Medicaid y una gran cantidad de organizaciones benéficas con una actitud bastante condescendiente. Es mucho trabajo estar sin hogar. Y cuando una persona sin hogar o pobre se queda sin energía y toma una “mala decisión”, hay una muy buena razón para ello.

Si el comportamiento de una persona no tiene sentido para usted, es porque le falta una parte de su contexto. Es así de simple. Agradezco mucho a Kim y sus escritos por informarme sobre este hecho. Ninguna clase de psicología, en ningún curso, me enseñó eso. Pero ahora es una lente que tengo y la aplico a todo tipo de comportamientos que se confunden con signos de fracaso moral, y todavía no he encontrado algún “comportamiento” que no se pueda contextualizar.

Miremos un signo de “pereza” académica que, en mi opinión, no es más que procrastinación.

*Nota de traducción (alistas bajo cuerda): falta contexto de clase, raza o género a la hora de hablar de pereza. La pereza también se ha usado históricamente para acusar a la clase trabajadora en general para explotarla, a la gente migrante a la que les dan los peores trabajos o directamente nos les dejan acceder a ellos, o ya ni contar de cuando una persona migrante es discapacitada y solo te dejan acceder a un país si trabajas, etc. A veces, incluso si no eres capaz de trabajar en unas condiciones de explotación te dirán que tienes un problema de salud mental o eres una persona vaga. También hay gente en situaciones cómodas en la vida de “privilegio” (privilegio en el sentido de llevar una vida cómoda económicamente de lujos) que deciden no hacer ninguna actividad y no es acusada de ser perezosa pues a esas personas se las permite procastrinar, en mi opinión este caso más que pereza sería privilegio de clase. Este artículo cuando habla de pereza hay que contextualizarlo sobre todo en personas neurodivergentes o con algún problema de salud mental y de clase obrera y blancas, por las connotaciones de quien escribe el texto no hace un análisis en profundo de otros factores como la raza o clase, no obstante, el valor de esta traducción pienso que es sobre todo testimonial.

A la gente le encanta culpar por su comportamiento a la gente “rezagada en la vida”. Si dejas el trabajo seguro que eres una persona floja, para un ojo inexperto. Incluso las mismas personas “rezagadas en la vida” pueden confundir su comportamiento con la pereza. Se supone que debes estar haciendo algo, y no lo estás haciendo, eso es una falla moral ¿no? Eso significa que eres de voluntad débil, no tienes motivación y tienes mucha pereza, ¿no?

Durante décadas, la investigación psicológica ha podido explicar la procrastinación como un problema funcional, no como una consecuencia de la pereza. Cuando una persona no puede comenzar un proyecto que le interesa, generalmente se debe a: a) ansiedad por que sus intentos no sean “lo suficientemente buenos” o b) confusión sobre cuáles son los primeros pasos de la tarea. No es por pereza, de hecho, la procrastinación es más probable cuando la tarea es importante y al individuo le importa hacerlo bien.

Cuando te paraliza el miedo al fracaso, o no sabes cómo comenzar una tarea larga y complicada, es muy difícil llevarla a cabo. No tiene nada que ver con el deseo, la motivación o la moral. La gente procastinadora puede trabajar por horas; pueden sentarse frente a un documento en blanco, sin hacer nada más, y torturarse a sí mismes; pueden acumular culpa, nada de eso hace que iniciar la tarea sea más fácil. De hecho, su deseo de hacer una maldita cosa en su vida puede empeorar su estrés y hacer que comenzar la tarea sea más difícil.

La solución es buscar qué está reteniendo a quien procrastina. Si la ansiedad es la principal barrera, en realidad necesita alejarse del documento de la computadora / libro / trabajo y participar en una actividad relajante. Marcarles como  personas “perezosas” es probable que conduzca al comportamiento exactamente opuesto en lugar de motivarles.

A menudo, la barrera que la gente procrastinadora tiene es causada por problemas de funcionamiento ejecutivo: luchan por dividir una gran responsabilidad en una serie de tareas discretas, específicas y ordenadas. Aquí hay un ejemplo de funcionamiento ejecutivo óptimo: completé mi tesis doctoral (desde la propuesta hasta la recopilación de datos hasta la defensa final) en poco más de un año. Pude escribir mi tesis bastante fácil y rápidamente porque sabía que tenía que a) compilar la investigación sobre el tema, b) resumir el documento, c) programar períodos de escritura regulares, y d) Organizar los artículos, sección por sección, día por día, de acuerdo con un horario que había predeterminado.

Nadie tuvo que enseñarme a realizar estas tareas. Y nadie tuvo que obligarme a cumplir mi horario. Realizar tareas como estas va acorde con la forma en que funciona mi pequeño cerebro analítico, autista e hiperactivo. La mayoría de las personas no tienen esa facilidad. Necesitan una estructura externa para que puedan seguir escribiendo (reuniones regulares con grupos de estudiantes o con amistades por ejemplo) y plazos fijados por otra persona. Cuando se enfrentan a un gran proyecto, la mayoría de la gente quiere consejos sobre cómo dividirlo en tareas más pequeñas y unos plazos para completarlas. Para poder seguir, la mayoría de las personas requieren herramientas de organización, como una lista de tareas, calendario, agenda o plan de estudios.

Necesitar o beneficiarse de tales cosas no hace que una persona sea floja. Simplemente significa que tienen unas necesidades concretas. Cuanto antes lo aceptemos, antes podremos ayudar a las personas a prosperar.

Tuve una estudiante que se saltaba las clases. A veces la veía detenida cerca del edificio, justo antes de que la clase estuviera a punto de comenzar, con aspecto cansado. La clase comenzaba, y ella no aparecería. Cuando estaba presente en clase, estaba un poco retraída; ella se sentaba al final de la clase,  con los ojos cansados, baja de energía. Ella participó durante el trabajo en grupos pequeños, pero nunca habló en discusiones de clase más grandes.

La mayoría del profesorado miraría a esta estudiante y pensaría que es una floja, desorganizada o apática. Lo sé porque he escuchado cómo hablan sobre estudiantes con bajo rendimiento. A menudo hay rabia y resentimiento en sus palabras y tono: ¿por qué este estudiante no se toma en serio mi clase? ¿Por qué no me harán sentir importante, interesante, inteligente?

Pero en mi clase se lucha contra el estigma de la salud mental. Es una pasión mía, porque soy psicólogue neuroatípique*. Sé cuán injusto es mi campo para personas como yo. En la clase hablamos sobre los juicios injustos que las personas imponen a quienes padecen enfermedades mentales; cómo la depresión se interpreta como pereza, cómo los cambios de humor se enmarcan como manipulación, cómo se supone que las personas con enfermedades mentales “graves” son incompetentes o peligrosas.

Nota de traducción: es una persona no binaria quien escribió este artículo y se ha respetado los pronombres originales

La estudiante callada, que de vez en cuando venía a clase, escuchaba esta discusión con gran interés. Después de la clase, mientras la gente salía hacia fuera del aula, ella se quedó atrás y me pidió hablar. Ella me reveló que tenía una enfermedad mental y que estaba trabajando activamente para tratarla. Ella estaba ocupada con la terapia y el cambio de medicamentos, y todos los efectos secundarios que conlleva. A veces, no podía salir de la casa o quedarse sentada en el aula durante horas. No se atrevía a decirle al resto del profesorado que era por eso que estaba faltando a clases, si lo decía la mayoría de veces pensaban que estaba usando su enfermedad como una excusa. Pero ella confió en mí.

Y yo confié en ella. Me enfadó mucho que a esta estudiante se la hiciera sentir responsable de sus problemas. Estaba llevando adelante un curso entero, un trabajo a media jornada y un tratamiento de salud mental continuo y serio. Y ella era capaz de intuir sus necesidades y comunicarlas con las demás personas. Ella era una chica ruda, no una mierda vaga. Se lo dije.

Ella vino a muchas más clases mías después de eso, y la vi salir lentamente de su caparazón. Ella fue una contribuyente activa y franca a la clase; incluso decidió hablar abiertamente con sus compañeres sobre su enfermedad mental. Durante las discusiones en clase, ella me desafiaba y me hacía preguntas excelentes e inquisitivas. Ella compartió toneladas de medios y ejemplos de eventos actuales de fenómenos psicológicos. Cuando estaba teniendo un mal día, ella me lo decía, y dejaba que faltara a la clase sin juzgarla. La mayoría del profesorado, incluido el departamento de psicología, permaneció crítico con ella, pero en un entorno en el que se reconocieron y legitimaron sus barreras, ella prosperó.

….

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Con el paso de los años, en ese mismo lugar, me encontré con innumerables estudiantes que subestimaban por tener barreras que nadie consideraba como legítimas. Estaba el joven con TOC que siempre llegaba a clase tarde, porque sus compulsiones a veces le retrasaban. Estaba la sobreviviente de una relación abusiva, que estaba procesando su trauma en citas de terapia justo antes de mi clase cada semana. Estaba la joven que había sido agredida por un compañero y que tenía que seguir asistiendo a clases con ese compañero, mientras la escuela estaba investigando el caso.

Todos estos estudiantes vinieron a mi por iniciativa propia y compartieron sus problemas. Cuando hablaba sobre enfermedad mental, el trauma y el estigma en mi clase, sabían que les entendería. Y con algunas adaptaciones, florecieron académicamente. Ganaron confianza, hicieron exposiciones que nos asombraron, aumentaron sus calificaciones, comenzaron a considerar a seguir estudiando posteriormente. Siempre me encontré admirándoles. Cuando era estudiante, no era consciente de mis dificultades. No sabía pedir ayuda.

*Nota de traducción (alistas bajo cuerda): este artículo pienso que tiene un fallo en el que se problematiza las mismas nociones de intención y esfuerzo, reduciéndolas a problemas de salud mental. Sé que no tiene mala intención quien escribió este texto, pero pienso que es una trampa neuronormativa que se asombrara tanto por el esfuerzo de sus estudiantes con problemas de salud mental y que puede ser incluso un poco de porno de inspiración. A veces, como he dicho en otra nota, el problema puede tener muchos factores sociales de por medio más allá de la salud mental, como la clase, raza, género, etc. A veces, la barrera va más allá de atacar al estigma en salud mental y si es el caso de que hay otros factores puede llegar a ser problemático pensar que atacando solo el problema de salud mental mejorarás el rendimiento académico, a veces no puedes pagarte ni la matrícula de la universidad y trabajas a destajo (me pasó), te obligan a estudiar estudios universitarios cuando no quieres hacerlo, etc. A veces, te obligan a esforzarte a llevar una vida que no quieres o no se adapta a ti y si es el caso el concepto de esfuerzo puede ser problemático. No obstante, entiendo el contexto del artículo y estoy de acuerdo, solo quería complementar  un poco la información, que sentía que es incompleto el artículo.

El alumnado con barreras no siempre fue tratado con tanta amabilidad por otres profesores de psicología. Una compañera en particular, era infame por no proporcionar exámenes de recuperación y no permitir llegar con retraso a clase. No importaba la situación del estudiante, ella era inquebrantablemente rígida en sus requisitos. Ninguna barrera era insuperable, en su mente; ninguna limitación fue aceptable. La gente se hundía en su clase. Sentían vergüenza por sus historias de agresión sexual, sus síntomas de ansiedad y sus episodios depresivos. Cuando une estudiante que tenía un mal rendimiento en sus clases tenía un buen rendimiento conmigo, ella sospechaba.

Es moralmente repugnante para mí que cualquier persona en el mundo de la enseñanza sea tan hostil con las personas a las que supuestamente deben enseñar. Es especialmente irritante que la persona que representa este terror sea una psicóloga. La injusticia y la ignorancia me hacen llorar cada vez que discuto sobre esto. Es una actitud común en muchos círculos educativos que ningún estudiante se merece.

Sé por supuesto, que a les educadores no se les enseña a reflexionar sobre las barreras invisibles de su alumnado. Algunas universidades se enorgullecen de negarse a alojar a estudiantes discapacitades o con enfermedades mentales: confunden la crueldad con el rigor intelectual. Y, dado que la mayoría del profesorado son personas que triunfaron académicamente con facilidad, tienen problemas para entender la perspectiva de alguien con problemas de funcionamiento ejecutivo, sobrecargas sensoriales, depresión, historial de autolesiones, adicciones o trastornos alimentarios. Puedo ver los factores externos que conducen a estos problemas. Del mismo modo que sé que el comportamiento “perezoso” no es algo que se elige de forma activa, sé que las actitudes críticas y elitistas generalmente provienen de la ignorancia situacional.

Y es por eso que estoy escribiendo este texto. Espero despertar a mis colegas educadores, de todos los niveles, el hecho de que si un estudiante tiene dificultades probablemente no siga estudiando. Probablemente quieran hacerlo bien. Probablemente lo estén intentando. En términos más generales, quiero que todas las personas adopten un enfoque curioso y justo hacia las personas a quienes inicialmente quieren juzgar como “perezosas” o irresponsables.

Si una persona no puede levantarse de la cama, algo le está agotando. Si une estudiante no está escribiendo el trabajo que le han mandado, hay algún aspecto de la tarea que no puede hacer sin ayuda. Si alguien se pasa las fechas límite constantemente, algo dificulta la organización y la reunión para cumplir los plazos. Incluso, si una persona elige activamente sabotearse a sí misma, hay una razón para ello: algún temor puede impedir trabajar, alguna necesidad que no se conoce o la falta de autoestima.

La gente no elige fallar o decepcionar. Nadie quiere sentirse incapaz, en estado apático o ineficaz. Si observas la acción (o la inactividad) de una persona y solo ves la pereza, te faltan los detalles clave. Siempre hay una explicación. Siempre hay barreras. Solo porque no puedas verlas, o no las veas como legítimas, no significa que no estén allí. Mira más profundo.

Quizás no siempre pudiste ver el comportamiento humano de esta manera. Esta bien. Ahora lo sabes. Da más oportunidades a las personas, confía en ellas.

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Si encontraste que este ensayo es esclarecedor, considera comprar el libro de Kim Longhofer / Mik Everett, Selfing Published Kindling: Memoirs of a Homeless Bookstore Owner. El ebook es $ 3; el libro en rústica es $ 15.

Kim también tiene una página, llamada “Change Like the Moon”: Acepta cada cuerpo en cada fase.

 

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